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El SIDA desde el Modelo Psicológico de la Salud Biológica
Psicología y SIDA - MPSB y prevención del VIH

Psicológica en el área de la Salud. Prevención

 

El SIDA desde el Modelo Psicológico de la Salud Biológica

(HIV/AIDS from Psychological model of biological health)



El Modelo Psicológico de la Salud Biológica se presenta como un modelo a nivel preventivo, y en el problema de la transmisión del VIH puede utilizarse en los tres niveles de intervención mencionados en el apartado anterior, las funciones de cada nivel se describen de la siguiente manera:

Tercer nivel. En este nivel el psicólogo trabajará con enfermos de SIDA, y su función consistirá en:

1. Buscar la adherencia terapéutica de todos aquellos pacientes que se encuentran bajo tratamiento, con el fin de que confíen en la ayuda médica pese a lo avanzado de su enfermedad, esto para mantener el equilibrio existente entre el genoma del VIH y los linfocitos T4, ya que de romperse dicho equilibrio -que está en condiciones precarias- existirá una respuesta de vulnerabilidad que se traducirá en una intensificación de la patología biológica adquirida.

2. Eliminar comportamientos que influyan o interfieran con la eficacia de los medicamentos suministrados, dotando al paciente de las habilidades que le permitan sobrellevar los efectos secundarios que producen los fármacos, ya que debemos de considerar que los pacientes con SIDA deben tomar hasta 12 pastillas al día y algunos de estos medicamentos producen, entre otras reacciones secundarias, náuseas, fatiga, sudoración excesiva, etcétera.
3. Buscar el grado mínimo de estrés y ansiedad, lo cual permitirá reducir el estado de vulnerabilidad del paciente, en términos de que a menor ansiedad menor vulnerabilidad, lo cual representa ganancias a nivel inmunológico.
4. Brindar apoyo psicológico a los pacientes y a sus familiares, con el fin de contribuir y aumentar la efectividad del tratamiento y el proceso de rehabilitación (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).

Segundo nivel. En este nivel, la labor del psicólogo se centra en las personas consideradas como seropositivas, y tratará de que cada persona alcance en todo momento su nivel mínimo de vulnerabilidad posible, con la finalidad de evitar la transición de un estado de portador asintomático a uno de enfermedad manifiesta. Asimismo y al igual que en el nivel anterior, se debe promover la adherencia terapéutica que facilite la permanencia en el estado de seropositividad, además de:

1. Dotar al individuo de las habilidades necesarias para enfrentar de modo efectivo las circunstancias que conllevan el riesgo de re-infección del VIH. Es aquí donde las conductas instrumentales preventivas han de establecerse, promoviendo el desarrollo de estilos interactivos que favorezcan la salud, entre los cuales Bayés y Ribes (1989) proponen el de tolerancia a la ambigüedad, debido a que la baja tolerancia podría suponer una labilidad emocional y por consiguiente una alta vulnerabilidad, esto en razón del largo periodo de incubación del VIH.  Por su parte, Ribes (1990c) propone desarrollar los estilos interactivos de persistencia o logro, flexibilidad al cambio, tendencia a la transgresión, curiosidad, dependencia de señales y responsividad a nuevas señales, estilos que influirán en las competencias efectivas del sujeto y su interacción sin provocar un alto grado de estrés, lo cual representa un factor determinante para el grado de vulnerabilidad en que se pretende ubicar al individuo para evitar o alargar el mayor tiempo posible el desarrollo del SIDA.

2. Conductas instrumentales preventivas que impidan la re-infección o el contagio de otras personas, por ejemplo, usar condón en todas y cada una de sus relaciones sexo-genitales, conocer la historia sexual de su pareja, etcétera.

3. Enseñarle al sujeto a identificar las tendencias que tiene para involucrarse en conductas instrumentales de riesgo, por medio del  establecimiento de conductas que permitan identificar los indicadores de riesgo tales como, el tipo de práctica sexual que realiza el individuo, ya sea sexo anal, vaginal u oral, contextos sociales que probabilizan encuentros sexuales o el abuso de sustancias, como el alcohol o la droga, que auspicien conductas de riesgo, entre otras.

4. Instruir al sujeto en conductas instrumentales que le faciliten saber a dónde y con quién dirigirse para recibir la atención médica adecuada.

5. Instruir al paciente para que despliegue conductas que le permitan ser atendido en clínicas de salud.

6. Promover un estilo de vida saludable, a través de la alimentación adecuada, enseñarle a enfrentar de la mejor manera situaciones productoras de estrés, inculcarle cuidados personales propicios y por qué no, hacer algún tipo de deporte que no altere de manera drástica su vulnerabilidad biológica. (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).

Primer Nivel.  En este nivel se concentra el principal campo de inserción del psicólogo en el área de la salud, pues en palabras de Ribes (1990c, p. 72) “… las acciones de naturaleza biomédica… sólo cubren dos niveles de prevención (el segundo y tercero)… y con el objeto de alcanzar un nivel preventivo primario en la práctica es necesario sustituir el modelo biomédico de salud por un modelo psicológico…”, ya que en este nivel existen en menor número las acciones de naturaleza médica; asimismo, se caracteriza por la ausencia de la enfermedad en el individuo y le atribuye al comportamiento el mayor peso en el proceso regulador de la salud-enfermedad.

En este nivel la labor del psicólogo consiste en:

1. Establecer en el individuo las habilidades necesarias para poder enfrentar de modo efectivo las circunstancias que conllevan el riesgo de infección del VIH, por medio del desarrollo de estilos interactivos que favorezcan la salud y que se mencionaron anteriormente, sólo que en este nivel el propósito es el de evitar la infección del VIH.

2. Desarrollar conductas instrumentales preventivas, por medio de la promoción de hábitos sexuales preventivos eficaces, ya sea tener relaciones sexuales con una sola pareja, usar condón de manera consistente –léase, usar el condón cada vez que se tienen relaciones sexuales (100% de las veces), sin excepciones- y sistemática, conocer sobre la transmisión del VIH, llevar a cabo prácticas sexuales alternativas al coito, tales como la abstinencia, las caricias, la masturbación, etc., o realizar cualquier tipo de relación que evite el intercambio de fluidos, entre otras. (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).

3. El desarrollo de competencias efectivas que puedan probabilizar un comportamiento preventivo eficaz; esto se ha de lograr haciendo que el individuo reconozca las señales o condiciones de estímulo que indican la cercanía de una situación de riesgo y por ende la oportunidad de practicar algún comportamiento preventivo alternativo, por ejemplo, la proximidad de una fiesta o una reunión donde la oportunidad de relacionarse sexualmente es muy alta y de esta manera poder ir a la fiesta llevando consigo un condón o bien no ir a dicha fiesta.

4. Enseñar al sujeto a identificar las consecuencias a corto y largo plazo que se pueden derivar de una conducta preventiva y de una de riesgo.

5. Entrenar al individuo en el reconocimiento de los comportamientos preventivos eficaces, los cuales van desde la evitación de comportamientos de riesgo, la eliminación de elementos nocivos del comportamiento de riesgo, la ejecución de comportamientos compatibles no peligrosos y la demora del comportamiento de riesgo hasta que pueda practicarse sin peligro o con un riesgo menor (Bayés y Ribes, 1989). Todas estas competencias responden al saber cómo, dónde y cuándo ha de llevarse a cabo el comportamiento sexual preventivo, esto es, el saber cómo usar un condón, con quién usarlo, dónde conseguirlo o bien cómo desarrollar una conducta sexual  asertiva.

6. Establecer conductas instrumentales que permitan reconocer indicadores de riesgo, lo cual implica que el individuo identifique en su forma de relacionarse qué tipo de conductas sexuales (morfologías de conducta) son las que habitualmente despliega y cuáles de esas representan un riesgo de infección.

7. Establecer conductas instrumentales que permitan reconocer indicadores de riesgo en las situaciones que probabilizan que ejerza o no una práctica de riesgo, donde han de considerarse factores disposicionales como los gustos, preferencias, estados de ánimo, conmociones emocionales, condiciones biológicas, etc. que influyan en la ejecución de comportamientos de riesgo.

8. Establecer conductas instrumentales que permitan reconocer indicadores de riesgo en las personas que influyen directa o indirectamente en la ejecución de comportamientos de riesgo, así como las funciones que tiene cada una de ellas.

9. Modificar en la medida de lo posible las creencias que influyen en la ejecución de comportamientos de riesgo; esto se logra, por ejemplo, eliminando la concepción de que el uso del condón representa una falta de hombría o que el coito vaginal es bueno pero no la masturbación, o bien un cambio de creencias sobre la propia vulnerabilidad del sujeto con base en la típica frase “a mi no me va a pasar” etc. (Bayés y Ribes, 1989; Ribes, 1990c; Rodríguez et al., 2000).

Como se ha podido ver, el campo de acción de la psicología en la prevención de la transmisión del VIH, abarca desde las primeras acciones necesarias para evitar el contagio del VIH, hasta la prevención del avance de la enfermedad causada por el virus del inmunodeficiencia adquirida; y aunque la psicología puede intervenir en cualquiera de los tres niveles, consideramos que la principal labor del psicólogo debe de centrarse en el primer nivel de intervención para evitar se propague la pandemia, lo cual no significa que se de dejen de lado los demás niveles.

La intervención del psicólogo en el primer nivel, debe obedecer a un saber hacer, es decir: un saber qué se tiene que hacer, en qué circunstancias hacerlo, cómo reconocerlo, cómo decirlo, cómo hacerlo, haberlo hecho antes o haberlo practicado, saber por qué se tiene que hacer o no hacer y reconocer si se tiende o no a hacerlo, saber cómo reconocer la oportunidad de hacerlo y de no hacerlo, saber hacer otras cosas en dicha situación, o lo que es igual, saber hacer lo mismo pero de otra manera (Ribes, 1990c).

Lo anterior se traduce en la ejecución de conductas instrumentales preventivas que le permitan al individuo modular su interacción, lo cual se lleva a cabo por medio de las competencias funcionales efectivas de las personas, dichas competencias vistas como eventos disposicionales, regulan el comportamiento e influyen de manera directa en que una persona se infecte o no del VIH.

Retomando las categorías del Modelo Psicológico de la Salud Biológica, creemos que son las competencias que el individuo posee, una parte fundamental del proceso psicológico relacionado con el mantenimiento, pérdida o recuperación de la salud. De esta manera proponemos la evaluación de dichas competencias, ya que de hacerlo, esto nos permitirá identificar cuáles son las competencias efectivas y el nivel en que dichas competencias se desempeñan en los comportamientos de riesgo y de prevención.

Para dicha evaluación, se requiere de un sistema analítico de evaluación congruente con el Modelo Psicológico de la Salud Biológica, a este respecto Ribes, DíazGonzález, Rodríguez y Landa (1986) proponen el Análisis Contingencial, el cual, se propone como una tecnología, derivada de un conocimiento básico que tiene como principal objetivo poder ser un conocimiento aplicable sin caer en limitaciones metodológicas tales como la extrapolación del conocimiento científico o la analogía de procesos (DíazGonzález y Carpio, 1996; Rodríguez, 2002).
 

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