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Modelo de Creencias de Salud
Psicología y SIDA - Modelos Psicológicos de la Salud

 

Modelos Psicológicos de la Salud que han abordado el VIH/SIDA

 

Modelo Creencias de Salud

(Health Belief Model).


El Modelo Creencias de Salud (MCS) o Health Belief Model (HBM) es el modelo más antiguo y el más utilizado en la explicación y promoción de las conductas de salud, fue originalmente desarrollado en los años 50’s por un grupo de especialistas en psicología social del departamento de salud pública norteamericano, encabezados por Hochbaum (1958, citado en Rosenstock, Strecher & Becker, 1994) quienes intentaban dar respuesta a la escasa participación pública en programas de detección y prevención de enfermedades.

Años mas tarde, Rosenstock (1966; citado en Latorre y Benert, 1992) se encargó de desarrollar y ampliar el modelo, el cual fue modificado posteriormente por Becker y Maiman (1975, citado en Roa, s.f.) para dejarlo como actualmente lo conocemos.

El modelo de Creencias de Salud, es un modelo que se construye a partir de una valoración subjetiva que se tiene sobre determinada expectativa (value expectancy). Lo cual quiere decir, en el ámbito de la salud, que el valor será el deseo de evitar la enfermedad mientras que la expectativa se refiere a la creencia de que una acción determinada prevendrá o mejorará el proceso (Rosenstock et al., 1994).
Este modelo concibe como variable principal la influencia cognitiva sobre la conducta; considerando que las creencias (percepción subjetiva sobre un tema en particular) y las actitudes (evaluación de los resultados de una conducta), pueden llegar a determinar de forma significativa la puesta en práctica de conductas saludables.

El modelo refiere que las conductas saludables se dan en función de dos  tipos de factores, por un lado, tenemos la percepción de amenazas contra la salud y por el otro lado, las creencias de los individuos sobre la posibilidad de reducir esas amenazas. Cada uno de estos factores considera, a su vez, otras variables.

La percepción de amenaza contra la salud esta conformada por:

1. Valores generales para la salud. Se requiere, en primera instancia,  que las personas consideren que poseer una buena “salud” es una característica prioritaria de las personas.

2. Percepción de vulnerabilidad. Se refiere a la percepción subjetiva del riesgo de enfermar. En el caso de ya estar enfermo, correspondería a la aceptación del diagnóstico y su percepción de mayor vulnerabilidad hacia nuevas enfermedades o condiciones limitantes derivadas de la enfermedad.

3.Percepción de la gravedad. Sentimientos acerca de qué tan serio puede ser el enfermar incluyendo consecuencias médicas, sociales y económicas, entre otras. Cabe hacer mención que la percepción de vulnerabilidad y la percepción de gravedad, en su conjunto, pueden etiquetarse como “percepción de amenaza”.

Por otro lado, las características que le dan origen a las creencias sobre la posibilidad de reducir la amenaza, tiene que ver con:

1.Percepción de beneficios. Son las expectativas positivas que tienen las personas para llevar a cabo conductas de protección.

2.Percepción de los costos de acción o barreras. Se refiere a la percepción que tienen las personas sobre lo que implica (costos) el llevar acabo una conducta preventiva y los beneficios que obtendrán por la emisión de ésta, si los beneficios superan los costos, entonces el comportamiento saludable estará en condiciones de presentarse.

3.Creencia en la eficacia de los medios concretos. Se considera eficacia de los medios concretos a aquellas habilidades que el sujeto cree poseer para poder llevar acabo determina conducta y lograr su objetivo, considerándose estas habilidades como un disparador de acción.

Cabe mencionar que también se toman en cuenta otras variables que pueden ser de origen demográfico que pueden influir en la emisión de conductas de salud por medio de la percepción de cada uno de los componentes antes planteados. En resumen, y como se puede ver en la Figura 1, la concurrencia simultánea de la percepción de amenaza contra la salud y la creencia sobre la posibilidad de reducir la amenaza de enfermar, favorecen la adopción de determinados patrones de conducta, que serían conducentes a la conservación y mejoramiento de la salud, a la evitación de situaciones de riesgo y a la prevención de enfermedades (Espada y Quiles, 2002; Fan et al., 2000; Kaplan, Sallis & Patterson, 1993; Latorre y Benert 1992; Roa, s.f. Rosenstock et al., 1994).

 

Modelo_creencias_de_salud

Fig. 1 Diagrama del Modelo de Creencias de Salud

Considerando los 6 elementos que presenta el modelo de Creencias de Salud, la emisión de conductas sexuales seguras para la prevención de la transmisión del VIH, es el resultado de que las personas consideren su salud como un elemento importante en sus vidas, crean que son vulnerables al contagio del VIH y perciban qué tan grave es para su salud ser portador del VIH (con estos elementos podemos decir que se cumpliría con la percepción de amenaza). La otra parte del modelo, consiste en que las personas perciban los beneficios obtenidos de un estado de salud libre de enfermedades, que las personas crean que cualquier medida preventiva en la transmisión del VIH (desde el uso del condón hasta el abstenerse de tener relaciones sexogenitales) vale la pena para evitar el contagio del mismo -pese a las características que dicha medida implica- y que las personas se consideren capaces de poder llevar acabo comportamientos que garanticen la conservación de su salud y el logro de su objetivo (en este caso evitar la transmisión del VIH).

Desde este modelo, los estudios realizados con respecto al VIH/SIDA suponen que con la percepción de amenaza frente a la transmisión del VIH y una fuerte creencia sobre la posibilidad de reducir dicha amenaza, mayor será la emisión de conductas preventivas ante la posibilidad del contagio del VIH. No obstante, nuestra revisión bibliográfica demostró que las condiciones para que la percepción de la amenaza se presente -en la transmisión del VIH- no están dadas, ya que no existe una relación directa entre la percepción de vulnerabilidad y la percepción de gravedad. A este respecto Soto et al. (1997) consideran que la relación entre la percepción de vulnerabilidad de infección de VIH y la percepción de gravedad, no es significativa ya que existe, por lo menos en España, un alto porcentaje de personas que consideran el VIH/SIDA como una enfermedad grave, sin embargo, estas mismas personas se consideran poco vulnerables ante la transmisión de VIH/SIDA y por ende, la percepción de amenaza no se presenta.
Lo anterior, constituye una de las principales criticas que se le han hecho a este modelo, ya que no se ha podido demostrar que existe una relación directa entre la percepción de gravedad y la percepción de qué tan vulnerables somos ante el VIH, pues aunque existe una percepción de que el VIH/SIDA es lo suficientemente grave como para tenerlo en consideración, la percepción de vulnerabilidad es muy baja y por ende la acción o acciones a tomar para reducir la amenaza no figuran en el repertorio de las personas (De León, Pelcastre y Rojas, 1999; Del Rio y Rico, 1996; Díaz y Rivera, 1999; Díaz et al., 1999; Flores y Díaz, 1999; Díaz y Alfaro, 1999; Páez, Ubillos, Pizarro y León, 1994; Peterson, et al. 1992; Ramos, Díaz, Saldivar y Martínez 1992; Reyes, 1990; Soto et al., 1997).

Incluso existen evidencias de que las personas que ejercen comportamientos considerados como de riesgo en la transmisión del VIH, no se perciben como más vulnerables en comparación con quienes no ejercen dichas conductas. De la misma manera, las personas que creen que han estado en peligro de contagiarse con el VIH y que creen que sus “características especiales” son las que han evitado que se contagien o bien han eliminado el virus de su organismo, tienden a presentar un mayor número de conductas de riesgo, a diferencia de quienes creen que no han estado expuestos al virus, lo cual demuestra que la percepción de vulnerabilidad no es un factor que se vincule con la percepción de gravedad o viceversa. Asimismo, se ha demostrado que cuando los niveles de percepción de la gravedad son tan altos que provocan miedo, las conductas preventivas se inhiben e incluso el miedo, producto de la percepción de la amenaza, lejos de promover la prevención, hace que el portador se oculte, que la comunidad aumente su rechazo hacia él y que cada individuo niegue sus conductas de alto riesgo (Del Rio y Rico, 1996; Díaz y Alfaro, 1999).

El hecho de que las personas no se perciban vulnerables al contagio del VIH/SIDA, es un fenómeno ampliamente estudiado (De León et al., 1999; Díaz y Rivera, 1999; Díaz et al., 1999; Flores y Díaz, 1999; Díaz y Alfaro, 1999; Peterson et al., 1992; Ramos et al., 1992; Reyes, 1990) de tal manera que se tiende a atribuir el contagio del VIH a una imagen “gay”, al número de parejas sexuales, al uso ilegal de drogas y a conductas inmorales y castigadas, creando así estereotipos de las personas que pueden contagiarse del SIDA y al no coincidir dichos estereotipos con la autopercepción de las personas, éstas se suponen invulnerables al contagio del VIH/SIDA.

Esta escasa percepción de vulnerabilidad, a la que hacemos mención en el párrafo anterior, no es exclusiva de México o de otros países subdesarrollados como suele pensarse, pues la percepción mundial sobre la vulnerabilidad no es del todo diferente, ya que en los países desarrollados como Francia, el 61% de los hombres y el 58% de las mujeres declararon sentirse protegidos por creer que sus elecciones de pareja eran “buenas” aunque solo hubieran utilizado el aspecto físico de la persona o la creencia de que no pertenece a los grupos de alto riesgo (Del Rio y Rico, 1996).

Además, según Choi, Diehl, Yaqi, Qu & Mandel (2002) existen otros factores que influyen de manera importante para que exista una baja percepción de vulnerabilidad, tales como la situación económica, el no saber identificar parejas de alto riesgo, la confianza que se le atribuye a la pareja, el conocer una pareja atractiva o el mantenerse en un ambiente en que abunda el sexo público.

Asimismo, en un reporte presentado por Páez et al. (1994) se menciona que variables tales como la percepción de vulnerabilidad y la percepción de gravedad, al igualque las barreras, pueden variar de un contexto a otro e incluso de una persona a otra, ya que dicha percepción puede responder a la concepción que uno tiene de su pareja, de la fidelidad, la tendencia sexual, los factores culturales, educativo e intelectuales, entre otros.

En lo que respecta a la percepción de los costos de acción o barreras que se presentan en la emisión de conductas preventivas, tales como el uso del condón como método para prevenir la transmisión del VIH, encontramos en un estudio realizado por Ehrhardt et al. (2002) en una muestra de sexoservidoras de Filipinas, que tanto ellas como sus clientes consideran que el uso del condón reduce el placer y esta reducción de placer representa un barrera para el uso del condón, ya que el sacrificar el placer es un costo demasiado alto que muchas (os) no están dispuestas (os) a pagar.

Por otro lado y considerando que la utilización del modelo con personas diagnosticadas como seropositivas tiene, entre otros tantos objetivos, la búsqueda de adherencia a los tratamientos terapéuticos, Steele et al. (2001) evaluaron si existía relación entre dos de los componentes del modelo de Creencias de Salud  (percepción de vulnerabilidad y barreras) y la adherencia a la terapia antiretroviral (ART por sus siglas en ingles). Sus resultados muestran que aunque la percepción de vulnerabilidad es moderada y se perciben pocas barreras para lograr la adherencia a la ART, no existe una mayor adherencia al tratamiento. Los autores concluyen entonces, que no existe una relación significativa entre las variables del modelo evaluadas y los resultados en la adherencia al tratamiento.

Finalmente, Latorre et al. (1992) consideran que el Modelo de Creencias de la Salud es un modelo limitado para ayudar a establecer comportamientos que promuevan y favorezcan la salud, ya que pese a los resultados positivos que se han encontrados en determinadas conductas de salud (como la eliminación del tabaquismo, profilaxis dental, dietas para el control de la obesidad, vacunación, etc.) estos, no son lo suficientemente contundentes.

 

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